Steven Spielberg (1982)
Ha estado bien, pero creo que ya he tenido suficiente cine de aventuras ochentero.
Igual que las otras dos que hemos visto, ET puede recrearla cualquiera en su cabeza a base de frases míticas que van soltando durante toda la peli. Tiene que ser buena si cuarenta años después todo el mundo tiene en su cabeza la imagen de ET disfrazado.
También tiene todos los ingredientes que hicieron grandes estos clásicos: banda sonora de la épica, humor de la época y agujeros de guion que se solucionan con persecuciones en bici.
Este caso en concreto tiene especial mérito por el cariño que te hace coger a ET siendo tan objetivamente asqueroso. Supongo que es por esos ojos tan expresivos que hacen perder un poco el foco en el cuerpo deforme.
Lo que creo que aleja un poco del tópico y me gusta bastante es el final, que pese a ser un final feliz porque ET consigue volver con los suyos, al mismo tiempo tiene ese toque agridulce de separarle de Elliot, que no olvidemos que es el niño protagonista de una peli de niños y pierde a su “mejor amigo”. Buen mensaje ahí, Steven, sobre dejar ir. Me gusta también el detallito de que le diga “estaré ahí mismo” señalándole a la cabeza.
Otro hito más en nuestro camino ochentero marcado por los Cines Embajadores. El lugar al que van las familias indie de tote bag millennials tardías con sus hijos pequeños a ver cine bueno todos los sábados por la mañana. Los niños de hoy en día asustados por la calidad DVDRip pero yendo a clase a hacerse los chulos frente a sus compañeros que solo ven Netflix kids. Esos niños son los que en unos años darán la turra para ligar creyéndose interesantes porque ya de pequeños se pasaban los sábados en ciclos ochenteros en el cine. Me caeis mal preventivamente.
Nada hay que decir de ET el Extraterrestre que no se haya dicho ya. Nada de nada. Es nostalgia pura en vena. Puede que esta sea la película que más nostalgia genere en todas las generaciones, porque es la infancia de todos y cada uno de nosotros. Los que vivimos los 80 y los que no.
Un extraterrestre medio gomoso, pringoso, que anda mecánicamente y a trompicones aterriza en la Tierra, en California por supuesto porque dónde si no. Ahí están los científicos siguiéndole la pista y vaya con ET cómo coge carrerilla con sus patitas esas atraviesa el bosque pero su madre (suponemos) le deja en tierra (en la Tierra) por lento. Ahí conoce a Elliot, que es el niño californiano más majo, solo hay que ver esas piernitas y ese pijamita blanco de cuerpo entero. Su madre al principio no le cree porque tiene issues con México pero esto no tiene mucho más recorrido así que avanzamos con la trama.
El otro día estuvimos hablando de los aprendizajes que recibimos con las películas, en mi caso esta sirvió para enseñarme cómo fingir fiebre con un termómetro de mercurio, que ya no deben ni existir.
Y bueno Elliot, tremendo valiente, va dejando M&Ms por el suelo porque todos sabemos que a un extraterrestre por ahí le ganas, con unos cacahuetes con chocolate. Donde cualquier otro niño habría huido ahí está él, intrigado por ese cuerpo extrahumano con unos ojos enormes azules. En cuanto se encuentran se ponen a chillar y vemos un montaje esquizofrénico: Elliot y ET desde diferentes ángulos gritando una y otra vez. Gracias Spielberg. Nuestro protagonista podría dar miedo pero, como bien es sabido, los extraterrestres a los que les brilla el corazón son buenas personas. ET y Elliot están unidos por el corazón (y por el índice) (y por el alcohol) aunque ET y Gertie están unidos por más que eso porque nada une más que disfrazar a tu muñequito con peluca y sombrero y enseñarle a hablar.
Luego, lo que ya sabemos: teléfono-micasa (lo repite muchas más veces de las que parecía), volar en bicicleta, John Williams sin parar, escapar de los astronautas que invaden la casa de Elliot llamando por la ventana. Esos intentan no perder a ET a base de procesos y técnicas médicas para seres humanos (que de bien sabido es que son igual de válidos para extraterrestres), y cuando Elliot le daba por perdido y le cae una lágrima (actor 10), el poder del corazón brillante lo revive. Para terminar, un poquito de persecución por la carretera, un poquito más de volar en bicicleta, ET se reencuentra con su (supuesta) madre y el resto es historia y premios.
Una mañana de sábado divertida y dos horas que son cultura popular.
No puedo decir que Spielberg sea mi director favorito pero reivindicaré su figura hasta el día que me muera. Nadie ha aunado calidad y espectáculo como él. Nadie se ha atrevido a borrar la línea que separa el arte del entretenimiento con la ligereza con la que el gafotas de la gorra lo hace. Vemos su influencia en Villeneuve, Cameron, Bigelow, Jackson, Miller, Lee, Aster o Del Toro. Como se suele decir; “caminamos sobre hombros de gigantes” y seguramente sin Kurosawa, Leone o Ford tampoco habría Spielberg. Eso es lo bonito del cine, formar cadenas inacabables de influencia que, mientras no sean obvias o intencionadas, los hacen crecer como cineastas y nos hacen crecer a nosotrxs como espectadores.
E.T funciona como un tiro a todos los niveles. El reparto, sin grandes nombres en aquel momento, brilla y John Williams en modo juguetón tiene aquí una de sus bandas sonoras más míticas, que no es decir poco. Cada plano, cada línea de diálogo… Todo es absolutamente mágico.
Con E.T me he sorprendido llorando como una magdalena (expresión que nunca he entendido, por cierto). Esa facilidad para llegar al público ha convertido la película en un auténtico icóno cultural que perdura. En La Amenaza Fantasma había una delegación de ETs llamados “Grebleips”, Spielberg al revés, capricho de George Lucas. En Los Simpsons Bart adopta a uno de los extraterrestres con tentáculos y colmillos y vuelan juntos en bicicleta. En Aquí No Hay Quien Viva Mariano cuestionaba las intenciones de E.T y afirmaba que si Elliott no se llega a poner malo “se lía”. En El Milagro de P Tinto el mecánico/ ufólogo aficionado trataba de localizar al marciano con artículos de la marca “mikasa” y se parodiaba la llegada del personal de la NASA a la casa. Enjuto Mojamuto tenía en la pared de su habitación una fotografía de E.T con Michael Jackson. Son miles las referencias, homenajes y parodias dirigidas a E.T y Elliott.
A modo de curiosidad, E.T en su momento arruinó el estreno de una de mis películas favoritas, La Cosa. Estrenadas ambas en 1982, La Cosa llegó a las salas algo después que E.T y se dio la gran toña en taquilla entre otras cosas porque la gente venía de ver una tierna historia de amistad intergaláctica y eso no invitaba a ver a continuación una película con alienígenas que cambian formas, mutilaciones y paranoia. Por lo que sea.
Magia. Qué poderosa es la mezcla de todos los elementos de esta película. Todo está en absoluta armonía y en la dosis perfecta. Me llama la atención hacer una peli de la llegada de extraterrestres a la Tierra y presentarlos como exploradores amigables. Y a partir de ahí, con infinidad de posibilidades, contar una historia de amistad. ¿Cómo se puede hacer de ese bicho un ser tan entrañable y carismático con esa ortopedia, cuatro palabras y una bombilla?
Llegué tarde a ver esta película y me resistí durante un tiempo porque tenía ese aura de imprescindible y manoseada que a veces me provoca tanta pereza. Desde entonces la he visto unas cuantas veces y siempre me sorprende lo buena que es. No quería dejar pasar la oportunidad de verla en reestreno en cine. Una pena que fuera versión doblada porque no está en absoluto a la altura. Me sigue pareciendo un misterio de dónde sacan esos señores todas esas expresiones y, sobre todo, cómo les parece buena idea seguir adelante.
Seguimos para bingo ochentero con E.T., y nuevamente en el cine (esta vez rodeadas de muchos más niños y niñas). Y la verdad, es muy emocionante ver cómo hay padres y madres que siguen llevando a su prole al cine, y además a ver joyitas vintage como esta.
“E. T., el extraterrestre” nos regala algunos de los fotogramas más icónicos de la historia del cine. Es por eso que, como me ha pasado a mí, probablemente muchas personas crean haberla visto cuando en realidad lo que han visto ha sido, durante toda su vida, mil imágenes y escenas de la película.
No podría discernir si los efectos especiales, para la época, son buenos o no. Pero viéndola hoy, confieso: me encantan. E.T. es tan tierno que salgo del cine queriendo un E.T. en mi vida. Y, como nos pasó con Los Goonies, verla doblada también ha tenido su encanto (¡moco de elefante!).
Párrafo aparte merece la música original de John Williams, genio absoluto y eterno (nunca mueras por favor). Pocas me parecen sus 52 nominaciones a los Óscar (por supuesto por E. T., la nominación se convirtió en galardón). La pareja de boomers sentada a mi lado gesticulaban emocionados como dirigiendo una orquesta en algunos momentos de la película. Magia.
Y ahora viene mi confesión: no lloré. ¿Cómo es posible? Culpo al doblaje de mi sequedad en el lagrimal. Eso sí, cuando después de verla investigo, y leo que Spielberg se inspiró en su propia historia como niño de padres divorciados que se crea un amigo imaginario para no sentirse solo… Todo encaja. Y adiós a la sequedad. Hasta casi el final, la única figura adulta a la que ponemos cara es a esa madre triste y aparentemente desbordada. Nuestros ojos son los de los niños, los de Elliot. Spielberg quiere que creamos en E. T. Solo empezamos a ver las caras de los adultos hacia el final, cuando Elliot y E. T. están muy malitos, cuando el vínculo entre los dos empieza a desaparecer… ¿Será Elliot haciéndose mayor? Siempre estaré aquí 👉🏼 ❤️
El bucle de curiosidades sobre la película es eterno, y una vez entras es difícil salir. Mi favorita, sin duda, la amalgama de sonidos, animales y personas que pusieron voz a E. T., de entre las que estaba Pat Welsh, quien fumaba 2 paquetes de tabaco diarios. Todo, de nuevo, encaja.
