Paolo Sorrentino (2025)
Vamos con otra crítica, esta vez de La Grazia. Es el segundo año consecutivo que veo a Sorrentino en el SSIFF. Si el año pasado me encontraba con su Parthenope y un recorrido de autodescubrimiento pausado, teñido de rostros y figuras perfectas, un trabajo lujurioso y excesivo que retrataba el camino hacia el ser, con la idea filosófica de qué es «ver», en La Grazia tocamos temas más terrenales. Aquí aterrizamos para seguir el ocaso de una figura ficticia: el presidente de la República de Italia. Aunque siempre cabe la reflexión y la pregunta que rondará esta vez será: ¿de quién son nuestros días?
Nos encontramos con una película repleta de capas que te hace disfrutar en sus distintas facetas. El personaje principal está genuinamente construido. Bajo la premisa de tomar una decisión crucial antes de terminar su mandato (firmar una ley de eutanasia y decidir varios indultos), emprendemos con él un viaje de introspección y responsabilidad. Comprendemos su pasado a través de entrañables conversaciones con su guardaespaldas y sus decisiones con discusiones inteligentes con su hija. La añoranza de su mujer, sus amistades y su dedicación al trabajo, así como la inquietud de vivir su tiempo y comprender los tiempos modernos. Es una maravilla ver cristalizar todo ese proceso en el protagonista. Al concluir la acción y la evolución, reconoces y te reconoces en una persona cambiada.
Y luego tenemos todas las características que acompañan siempre a Sorrentino. Cada imagen tiene una fuerza potentísima; en el palacio, hace un uso de la luz con un contraste que, en ocasiones, me daba la sensación de blanco y negro. La música, a cargo de Arnaud Devos Roy, y la acertada elección de temas acompañan y dan la nota en el buen sentido, como a lo largo de su carrera. No encontramos ese tono videoclipero del que a veces abusa en otros filmes, aunque hay algunas excepciones que contraponen la seriedad a las mil maravillas.
Me gusta mucho este nuevo camino más masticable de Sorrentino.
