Jaume Claret Muxart (2025)
Cuando te pones a hacer un calendario para acudir al SSIFF, cualquier pequeño detalle es motivo para agarrarte a la necesidad de ver una película. En este caso, veníamos de hacer un viaje en bicicleta por el Danubio, y la similitud con el argumento de la película hacía casi imperdonable no acudir a la cita. ¿Qué podía salir mal?
La premisa prometía mimetizarse con la adolescencia, típicamente convulsa, del protagonista Dídac, y acompañarle en el viaje de un amor de verano, nutriéndose de una atmósfera misteriosa, contemplativa y onírica. Pues bien, la presentación y la primera parte ,en la que se expone el viaje en familia y comprendemos sus circunstancias, son lo mejor de la cinta, aunque siempre con una fotografía y un uso de la cámara que, directamente, me cabrea: va al detalle y nunca te deja ver lo que quieres, sin que esto sea ninguna clase de halago, pues no encuentro en ello explicación ni sentido artístico alguno.
A medida que avanza la trama, nos topamos con un romance inverosímil y con la clara inclinación del director hacia la pretensión y la pedantería. Planos infinitos de contemplación de los dos niños, vacíos por completo de expresión o emoción. Sus artificios fantásticos y su ambiente nostálgico fallan a la hora de exponer los conflictos del adolescente. Apenas tres líneas de diálogo en la última media hora, cada cual más efectista y vacío. Bonita canción al final que todo niño elegiría.
Eso sí, me gustó reconocer las mismas alforjas. Algo es algo.
