Ryūsuke Hamaguchi (2026)
El reto es grande: 196 minutos en la sala, sin épica ni artificios; una película pausada y serena que te deja tocado. A modo casi de ensayo, Hamaguchi va construyendo una historia de amistad memorable, repleta de sutilezas y matices. Dentro del contexto del cuidado a los mayores, la enfermedad y la dependencia, se construye un relato que nos envuelve en preguntas existenciales y nos expone las fallas del sistema. Y lo logra, y esto es lo verdaderamente difícil, sin caer en el drama lacrimógeno, giros de guion ni en explicaciones complacientes. Resulta difícil creer lo sumamente optimista que resulta cuando las circunstancias que lo rodean, las nuestras, parecen gigantescas. No hay nadie específico a quien culpar; son esas circunstancias las que se oponen y engrandecen el determinismo de nuestras protagonistas. Me queda grande analizar por qué el humanismo que destila esta historia está tan alejado de lo cursi o lo dramático y por qué resulta tan conmovedor.
Una película imprescindible para los que ya disfrutamos en San Sebastián de Drive My Car.
