El espíritu de la colmena

Víctor Erice (1973)

 

Es cuestión de química, hay directores con los que no se conecta y a veces es mejor asumirlo y no seguir intentándolo. Ese podría ser mi caso con Erice, pero sería un poco osado, ya que con esta he visto dos de sus películas. Y con todo, ya tengo claro su estilo, que no me entra por el ojo. Demasiado contemplativo, muchas metáforas inaccesibles para mi ineptitud intelectual. Se puede ver a 1,5x y seguiría siendo lenta, y seguiría sin entender qué significa Frankenstein para Ana.

Eso sí, los ojos negros de Ana Torrent son impresionantes, no tengo muy claro cómo hizo Erice para que esta niña de 6 años llevara todo el peso de la película y fuera tan convincente. Menos mal que luego protagonizó Tesis para que la gente pudiera pasar página de esa mirada y apreciar la Torrent adulta. He leído que los personajes tuvieron que llamarse igual que los actores para que la niña pudiera aprenderse bien el guion, ya que confundía la realidad con la ficción. Todo por mantener a Ana Torrent en su papel, silencioso, que habla con los ojos, que hace preguntas pero casi nunca recibe respuestas. Supongo que de eso va la película, de cómo la infancia vive en un mundo adulto centrado en la posguerra, intentando entender lo poco que pueda. Ahora, no me preguntes qué es el espíritu de la colmena porque no tengo ni idea.

La música acompaña a ese sentimiento lacónico, pero es preciosa. El Zorongo gitanto o “vamos a contar mentiras”, todo genera una atmósfera súper concreta que a mí no me ha atrapado pero que entiendo que sí que lo haga para tanta gente. Hoyuelos era un pueblo escalofriante en los 40s. Y eso que vivían más niños que en mi barrio hoy.

¡Nos vemos en la próxima temporada!

Ana Torrent de niña era más adorable que ver a tus abuelos bailar o ver a un cachorro tropezándose.

Yo a las películas ambientadas en Castilla les tengo un cariño muy especial. También creo que es bastante preocupante que la vida rural se retratase en el cine con más realismo y cuidado hace cincuenta y tres años que ahora. No es que el franquismo y la transición fuesen particularmente amables con la vida en el campo: la desigualdad era aún mayor y la gente que acudía a las ciudades era recibida con desprecio y bulos sobre foráneos que quitan trabajo y cometen crímenes (alguno de sus nietos años después parecen no tener mucha memoria). La cultura, sin embargo, no quería mostrar lo tópico ni lo superficial. Había historias y vidas que contar. Eso ha estado presente siempre en Lorca, en Miguel Hernández, en Delibes, en Berlanga, en Erice, en Cuerda, en Azcona… Años más tarde es imposible ver una película o una serie ambientada en el mundo rural sin ver a señores con una sola ceja, boina, escopeta y con muy malas pulgas. Todos con el mismo acento (da igual si norte, sur, este u oeste). Una suerte de Fernando Esteso meets Perros de Paja. Yo sé que habrá toda una generación de estudiantes de la ECAM que crecieron con “La Ramona” y fliparon con lo de Puerto Hurraco, pero no sé chico, echo en falta un poquito más de variedad.

De Erice, como del cerdo, hasta los andares. Desde la banda sonora a la fotografía, pasando por esos inmensos Fernando Fernán Gómez, Juan Margallo o Ana Torrent. Es difícil coger una época dolorosa, un lugar doloroso y una historia dolorosa y hacer con ellos algo tan bonito. Es una película que nos recuerda que lo bueno muchas veces se cuece a fuego lento y hay que sentarse a disfrutarlo a sorbos.

El espíritu de la colmena es de esos clásicos que tenía en mi watchlist desde hace lustros pero que nunca veía el momento de sentarme a ver. Con solo echar un vistazo a lo que Google nos muestra si le preguntamos por ella, vemos que se sitúa entre las películas mejor valoradas de la historia del cine, palabras mayores.

Yo no había visto nada de Erice hasta Cerrar los ojos, que cumple con todo lo que adormece de una película pero que, para mi sorpresa, me gustó bastante. Y quizá sea por todas las referencias de esta a la que nos atañe, que la ópera prima del director me ha gustado tanto. Entre ellas, el protagonismo del cine, que en ambas actúa como instrumento introductorio.

Erice rueda con una estética cuidadísima, en la que cada plano, cada posición de un objeto, cada luz y, sobre todo, cada silencio, hablan más que cualquier diálogo. Si sabes leerlo, porque claramente la censura del tardofranquismo no supo hacerlo y fue estrenada en 1973. El mismo director afirma que si escapó a la censura fue porque los censores ni la entendieron. Qué maravilla.

Admirable también el trabajo de dirigir a dos niñas tan pequeñas con tan buenos resultados, especialmente a Ana Torrent, más cuqui que todas las cosas. A esta mujer la hemos visto en todas las etapas de su vida, desde la niñez a la adultez, pasando por la adolescencia y el ser etarra.

Creo que esta película es digna de ver muchas veces y en cada una de ellas ir analizando cada pequeño detalle, porque con solo una lectura superficial de algunos sesudos análisis sobre ella, siento que hay mil cosas que se me han escapado.

¡Amazing final de temporada ECDC!

Pues aquí estamos, al final de la décima temporada. Y llegamos no con la película más divertida, ni la más emocionante, ni la mejor en cualquier caso, pero si con la más española. Pocas cosas más patrias se me ocurren que una película ambientada en la posguerra, protagonizada por Fernando Fernán Gómez y con una banda sonora liderada por la mítica Por el mar corren las libres, por el monte las sardinas tralará. Chúpate esa Hans Zimmer. Esas panorámicas de Castilla con esa música le compiten de tú a tú a los campos de trigo de Gladiator.

Una vez hecho el chascarrillo, claramente imbuído por el mundial de fútbol que nos ocupa ahora mismo, no tengo mucho más que decir de la peli. Se hace lenta, claro, pero por el camino he podido ir rescatando cositas. Me ha hecho gracia, por ejemplo, que por momentos coquetee con el terror.

Seguramente se puedan sacar muchas lecturas con todo el simbolismo de Frankenstein, el espíritu, la colmena y demás, pero hace mucho calor y yo me voy a ver el Costa de Marfil – Noruega.

El Espíritu de la Colmena es una película que sucede. Los silencios, los sonidos sordos, los planos estáticos… Una obra que recuerda a la “intrahistoria” de Unamuno, término utilizado para describir la vida de las personas cotidianas. Esta película también tiene la esencia de esa meseta silenciosa de los Campos de Castilla de Machado, con vidas apagadas y sencillas en una posguerra donde una España rural sobrevive en su día a día humilde.

La historia comienza con una proyección de la mítica Frankenstein de Boris Karloff, siendo un evento que centra toda la atención de los habitantes del pueblo y, entre ellos, el de las pequeñas Ana e Isabel. Por otro lado, vemos a su padre Fernando (un Fernando Fernán gómez muy contenido) trabajando de apicultor y con una vida interior aislada de prácticamente todo menos de sus hijas; mientras que su mujer Teresa (Teresa Gimpera) escribe a un antiguo amor separado de su lado por la Guerra Civil al que manda cartas con la esperanza de reencontrarse. Y poco más que contar tiene la trama, no hay (casi) nada interesante en los sucesos que acontecen a lo largo del film.

Y aquí podría acabar la crónica. Pero, el director Víctor Erice cuenta más con sus silencios que con sus palabras. Es una obra llena de simbolismos. Por ejemplo, tanto Fernando como Teresa, aún siendo un matrimonio, no coinciden nunca en el mismo plano, demostransdo que son dos vidas paralelas próximas entre sí hacia el mismo destino pero sin jamás cruzarse, atisbando el tipo de relación que tienen. Isabel, la hermana mayor, parece una niña inteligente y a la vez con un brillo de malicia que es capaz de atraparte en su inocente maldad. Como contrapunto tenemos a la otra hermana, Ana, que ve el mundo con verdaderos ojos de niña mientras en su cabeza sigue la fascinación por un “espíritu” inspirada en la película proyectada que vio. Imagina al engendro frankenstiniano en la enorme huella de la bota de un desconocido, en el muñeco del colegio para aprender los órganos del cuerpo humano, en el bosque donde cogen setas, en el pozo y en… Bueno, mejor que lo averigüeis.

En lo técnico, los sonidos son sordos, naturales y diría que “de pueblo”, refiriéndome a su realismo con respecto a como suena un pueblo pequeño castellano con pocos habitantes y con esas casas que convierten cada golpe y cada voz en un sonido sordo sin reverberaciones. También otro deleite es la iluminación creíble, con claroscuros fuertes con la desaparición de la luz natural del entorno y filtros de color que proporcionan las propias ventanas d ela casa. Es una estética sencilla y humilde, dándole a todo esa sensación de realismo sin artificios de una España más mundana y cercana a la gente real. Todos estos efectos no son solo capricho del director, también es un reflejo de un presupuesto escaso propio de una película de 1973 con todo lo que ello supone, recordemos que aún aquí el franquismo daba sus últimos coletazos y los artistas seguían en el punto de mira del régimen..

La describiría como una obra , que se cultiva poco a poco y que se consume lentamente, como la propia miel que obtiene de las colmenas el padre de familia protagonista.

Mi nota es alta por la gran capacidad de transmitir mucho contando poco. Aunque entiendo que es una película que en un primer visionado puede causar que ciertas cosas pasen inadvertidas y que no se valoren hasta realizar una segunda visita con unos ojos más atentos. También tiene una nota alta porque en mi casa una película en la que sus personajes ven o hablan de buen cine es un punto seguro. Una obre que no está hecha para todo el mundo, pero que todo el mundo debería darle una oportunidad.

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